InicioCategoríasSobre mí

Cristales

Comida para reptiles IV

por Talita

Un juego entre Kariu, Francesc, Germán, Ronny, Villa y yo.


A las cinco y media de la mañana alguien empezó a golpear con fuerza la puerta de entrada. Horacio se levantó tropezando con las pantuflas y con el perro que, asustado, había corrido a refugiarse bajo la cama.

―¿Qué pasa? ¿Quién es a esta hora? ―preguntó Mira encendiendo la luz del velador. ―No sé… no sé, voy a ver ―dijo Horacio espabilando y poniéndose el albornoz. ―Tené cuidado, no sea cosa que sea un chorro ―dijo Mira preparándose para levantarse llegado el caso. ―Los chorros no golpean Mira ―dijo Horacio yendo hacia al living. ―Mirá que sos cagón Pereira, tanto que te envalentonás con el gato de Funes… ―le dijo Mira al hocico que asomaba de debajo de la cama ―Suerte que te ganás el pan por lindo y no por guardián, ¿eh?

Desde el living llegó la voz de Marcos, cosa que tranquilizó a Mira y alegró a Pereira. Mientras ella se acomodaba para seguir durmiendo hasta las ocho, el perro salió disparado a reclamar su ración de mimos. No era novedad que Marcos se presentara a una hora como esa, pero en general se lo solía escuchar una cuadra antes de llegar gracias a los cantos que entonaba siempre que tomaba de más. Esta vez iba sobrio, pero con una excitación que Horacio sólo le había visto una par de veces en la vida. Una había sido a los once años, cuando por fin se había vengado de su hermano vaciándole la alcancía en el inodoro y tirando de la cadena ante su estupefacta mirada, y otra a los treinta y cuatro, cuando le contó que por fin había conseguido que su mujer firmara el divorcio bajo la amenaza de empujar a su abuela escaleras abajo, silla de ruedas incluida. En esta ocasión su exultante estado era a causa de un acto de solidaridad que el mismo había perpetrado: la vidriera de los chinos que desde hacía un par de años venían arruinando el negocio de su amigo había sido reventada a cascotazos por su mano justiciera:

―¡Pero vos estás en pedo? ―preguntó Horacio. ―Fresco como una lechuga —dijo Marcos solemnemente. ―¿Cómo se te ocurre hacer semejante barrabasada? ―A ver, necesitábamos una solución, ¿no? ―Sí, y todavía la estábamos buscando. No habíamos llegado al vandalismo, ¡no estábamos ni cerca! —dijo Horacio hundiéndose en su sillón― Encima no podrías haber elegido peor momento… —¿Por? —El chino. Está internado. —¿En serio? —Sos el peor estratega del mundo. —Pero, ¿cómo que está internado? —Le dio un infarto o algo así. —¿Un infarto a un chino? —Yo qué sé, se habrá adaptado demasiado bien a nuestras costumbres. —¿Y quién está a cargo ahora? ¿La china? —No. Creo que no.


Mira había empezado a recorrer las calles de Villa Crespo bajo el sol de Enero. Pereira, que de un fila brasilero grandote y cobarde había transmutado a pastor alemán de mirada profunda, caminaba a su lado. El calor era agobiante, pero el perro iba con paso firme sin siquiera abrir la boca. Ella sentía, sin embargo, que el calor le empezaba a quemar por dentro, como si estuviera yendo por uno de esos desiertos rojos de tierra cuarteada. Abrió la boca e instintivamente empezó a jadear, a buscar la sombra y algún charco donde paliar la sed. Cuando descubrió la fuente se le iluminaron los ojos: el agua salpicaba todo en derredor, los gorriones se lanzaban en picado cual clavadistas y salían empapados de felicidad. Mira tomó envión para saltar y sumarse al regocijo, cuando entonces un tirón certero en el cogote la paró en seco y la hizo patalear en el aire. Al volverse, aun ahogada por la correa, su maestra de tercer grado la reprendía apuntándole con un largo dedo índice: “Muy mal Mira, eso no se hace.”

Al despertar lo primero que hizo fue palpar a su lado. Pereira no estaba y ella tenía esas ganas de abrazarlo y de pedirle disculpas por tratarlo de cagón.

Fue primero al baño y después a la cocina, tenía una sed horrible. Ahí estaba Horacio, mirando a un punto fijo en la pared con un café frío en las manos.

—¿Y el perro? —preguntó Mira buscando debajo de la mesa. —Se lo llevó Marcos —dijo Horacio. —¿Marcos? ¿Qué hizo ahora para necesitar reflexión canina? —preguntó sacando el agua de la heladera. —Le rompió la vidriera a los chinos. —¡Sonamos! —Ahá… —¡Y encima con el viejo ingresado! —Es lo que yo le dije. —Nos van a denunciar por desalmados… ¡Y vos que no sabés mentir! ¿Qué hacemos ahora? —No sé. Por eso mismo lo mandé a pensar.


—A mí la verdad que me importa un carajo que ese chino esté bien o mal, yo lo único que sé es que es un desgraciado con el que no se pueden cruzar dos palabras sin llegar a las puteadas. Pero tu dueño es un cobarde, para él nunca es bueno el momento o buena la idea. “Esto no porque nos van a denunciar, esto otro tampoco porque es malo para el negocio; esto no porque es peligroso para la salud…” ¡Ja! ¡Mirá como le fue a ese salamín sin que le echáramos Raid en las latas! Yo ya se lo dije mil veces, no hay forma de entrar en razón con ellos, son unos ordinarios y unos maleducados. Ya lo intentaron sus viejos, ya lo intentó él, hasta Mira con ese vestidito de flores con el que le das lo que quiera antes de que te lo pida, y nada. Ahora que apechugue por no haberme dejado ser más… creativo. ¿Me vas a decir que no era buena la idea de mandarles una rosa negra? ¡Tampoco estamos hablando de la cabeza de un caballo, che! Como si tuvieran algún animal. Esa gente no tiene ni perros, se los come. Bueno, en realidad no lo sé con seguridad, es lo que dicen, que se comen a los perros y a los gatos. ¿A vos te parece? A mí ni en un apocalipsis se me ocurriría comerme a mi perro (si lo tuviera, claro), antes me como al vecino, te juro. Eso sí, no a cualquiera, que en una situación así hay que saber elegir bien a los amigos y a los enemigos. Me comería al gordo de la pensión, primero porque es gordo y alcanzaría para muchos y segundo porque seguro que tiene un abastecimiento tremendo en su casa, como todo buen gordo lechón. ¿Sabés quién lo hacía lindo al lechón? Mi abuelo Enrique. Era una cosa de locos. Le hubieras caído bien vos, le encantaban los perros. No como a los chinos.


Ya vestidos, Horacio y Mira salieron a la calle. Ella partió hacia la derecha en busca de Pereira y él hacia la izquierda rumbo a su tienda. Malabia estaba vacía a esa hora, algunos camiones descargaban mercadería y el aire todavía estaba húmedo de brisa matinal. A las siete Mira aún daba vueltas por el parque siguiendo lo que parecía el rastro de Marcos y Pereira, mientras que Horacio se aproximaba a la escena del delito: el local de los chinos estaba justo enfrente del suyo. Sin embargo la muchedumbre que había vislumbrado una cuadra atrás no parecía encontrarse en el punto que él esperaba.

―¿Se ha enterado? ―lo increpó el librero saliendo de su tienda. ―¿Perdón? ―dijo Horacio mirando si había alguien frente a la cristalera rota. ―¡Pero no sabe? ¡El muchacho de los recados se ha vuelto loco! ―¿Qué? ―dijo Horacio, ahora sí prestándole atención. ―¡Ha matado a toda la familia! Padre, madre y abuela. Dicen que soltó al canario y salió corriendo desnudo a la calle al grito de “¡Libertad, libertad!” ―¡Pero qué me dice, Francisco! ―No me diga Francisco, hombre. ―Perdone usted… ¿pero me habla de Germán, el chico que me hacía los mandados? ―El mismo. ―No lo puedo creer… ―Pues créaselo usted, que me lo ha contado el agente Ronaldo. La casa estaba hecha una pena; todo perdido de sangre, la pared era un salpicré de vísceras. ―Uf, no me cuente más, que tengo la presión baja y hoy no desayuné. ―Nada, nada. Para que vea que uno nunca está a salvo. ―Eso ya lo sé, viene con el país en el que vivimos. Pero que alguien conocido se vuelva loco y masacre a su familia no se compara con que a uno le roben las zapatillas en la calle… ―¿No se compara? ―preguntó malicioso el librero. ―Y, no… Bueno, son cosas distintas. ¡No me tire de la lengua! ―Venga ―dijo el librero echando llave a su tienda―, mejor vamos a tomar el café y le sigo contando.

Fueron al bar de la esquina para que Horacio desayunara como es debido y tuviera el estómago sentado para escuchar el resto de la historia. En cuanto terminaron las medialunas, le relató con lujo de detalles cómo se habrían desarrollado los acontecimientos: al parecer Germán habría reaccionado mal a una crítica de su padre y le habría tirado, con gran puntería, con lo primero que encontrara ―en este caso el cuchillo con el que habría estando picando el perejil―; su madre y su abuela, aparentemente fuera de sí, habrían empezado a tirarle a Germán con tazas, platos y demás loza que tuvieran a su alcance; y él, por lo visto ya ciego de rabia, habría extirpado el cuchillo del cuerpo de su padre y lo habría asestado, también con gran puntería, repetidas veces en las mencionadas señoras. Un espectáculo.

―Y lo del escaparate fue obra suya, ¿no? ―preguntó el librero de sopetón. ―Eh, no… bueno, no… sí. Fue mi amigo ―respondió Horacio rojo como un tomate. ―¿El loquito? ―Ese mismo. ―Pues menuda puntería. ―Sí… Justo ahora que el viejo está internado y… ―¡Pero qué dice hombre! ¡Justo ahora que hay un loco de verdad dando vueltas! ―¿Eh? Ah sí, bueno, pero la policía cuando lo encuentre… ―La policía una vez que lo encuentre lo va a moler a golpes hasta dejarlo inconsciente. Va a dar una gran rueda de prensa y se llenará de gloria por haber atrapado al peor criminal de los últimos tiempos mientras a la gente de a pie la siguen matando por un par de zapatillas y mientras otros policías muelen a golpes a otra gente de a pie. ―… ―Yo sé que usted es más bueno que el pan ―dijo el librero para terminar―, así que hágame un favor: hágase el boludo Horacio. Hágase el boludo.


En el parque, mientras tanto, Pereira corría detrás del palo que le tiraba Mira, Marcos se deleitaba con el vestido de flores que ella llevaba, y un muchacho desnudo en la hierba miraba las aves volar de un árbol a otro.