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Atardecer estrellado

Constelaciones

Las Pléyades

por Talita

El prado se extendía más allá del alcance de la vista, con sus subidas y bajadas, sus pequeños valles llenos de amapolas y dientes de león. El aire estaba cargado y el cielo poblado de inmensos nimbo-cúmulos que anunciaban tormenta y electricidad. Nosotras corríamos para remontar barriletes blancos como nuestros vestidos. A lo mejor alguna le había atado una llave a la cuerda con la intención de atrapar un rayo.

Cuando descubrimos el mangrullo nos peleamos por trepar: subimos por la escalera atropellándonos. El camino era precioso, interminable. La madera mohosa nos acariciaba las manos y a medida que avanzábamos los pulmones se nos iban llenando de humedad: respirábamos el cielo.

Al llegar a la cúspide vimos como el firmamento nos abría una ventana y, mientras el día se mezclaba con la noche, las estrellas brillaban cual supernovas y las nubes se teñían de rosa. La nebulosa de Orión nos embriagó con una maravilla de manto de colores, nos tendió una trampa.

Pero nosotras siempre estamos atentas, y sabemos cuando es el momento de volver a remontar vuelo.