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Ventanas

Wartezimmer

Sala de espera

por Talita

Tengo que hacer unos trámites que me pidió la abogada. Necesito no sé qué papel para que haga no sé que cosa. El lugar es espantoso: varias sillas con un par de mesas en el centro y otra mesa encajada en una esquina. Esta última con dos jarrones con flores semi marchitas. Creo que uno de los ramos es de plástico, pero igual tiene aspecto mustio. Llevo una hora esperando y la gente empieza a amontonarse. La habitación empieza a quedar pequeña, las sillas escasean. Pero nadie dice nada, todos esperan.

Ahora nos trasladan a una habitación más grande. Es más oscura que la otra, pero al menos cabemos más holgados. La gente sigue llegando. Tengo ganas de ir al baño, pero temo que en cualquier momento empiecen a llamar y yo tengo uno de los primeros números.

Entra una limpiadora que nos pide amablemente que salgamos al pasillo para limpiar la habitación. “Será por habitaciones”, pienso. El pasillo es larguísimo y hay cientos de puertas. Pero tiene que limpiar acá. Finalmente salimos. La mujer entra en la habitación y cierra la puerta tras de sí. Pasan veinte minutos. Media hora. Cuarenta minutos.

–Ya habrá terminado, no? –Debería. –Tocá la puerta.

Un chico de unos veinte años golpea suavemente la puerta.

–Golpeá más fuerte, querido.

Vuelve a golpear. Sin suerte.

–A ver…

Agarro el picaporte pero no gira. Cerrado.

–¿Para qué se encerró? –Yo ya me estoy pudriendo de esperar. –Lleva más de media hora ahí adentro. –¿Le habrá pasado algo? –¡Señora!

Las voces empiezan a mezclarse y más de uno intenta enfrentarse al picaporte. Yo ya no puedo aguantar y empiezo a buscar un baño. Me abro paso entre la gente –¿cuántos somos? ¿treinta? ¿cincuenta?- y busco la puerta. Todas son iguales: ninguna tiene un muñequito con vestido dibujado.

–Perdón. –¿Alguien sabe dónde está el baño? –No. –Disculpe. –Permiso. –¿El baño?

Sigo recorriendo el pasillo intentando abrir puertas, cualquier puerta. Todas cerradas. La gente también lo intenta. Ya no importa la puerta de la mujer, hay que abrir cualquier puerta. Empiezo a desesperarme, ya no aguanto más. Busco la salida.

–¿La salida por favor? –No sé nena, ni sé por donde entré. –Yo entré por aquella, pero ahora está cerrada.

Me doy cuenta de que yo también entré por una de esas puertas, pero ahora no sabría decir por cuál.

–¡La salida por favor!

El tumulto se traga mis gritos, soy un ruido más.

–¡La salida! ¡La salida, por…! –Click.

El sonido hace callar a la multitud. El pomo de la puerta se mueve ante la expectación de la gente. La puerta se abre: la limpiadora se asoma.

–Ya terminé.

Agarra el carrito de sus menesteres y sale. Después de un segundo de duda la gente empieza a entrar en la habitación nuevamente. Se agolpan en el marco, no se dejan pasar. Yo voy a contracorriente, quiero alcanzar a la limpiadora antes de que desaparezca detrás de otra puerta. El cardumen me empuja, pero consigo alcanzarla.

–Disculpe, ¿no hay un baño cerca? –Adentro tiene. –¿Seguro? Creo que no vi ninguno antes. –Me lo va a decir a mí. –Vale… gracias.

Soy la última en entrar. Entro a la sala y vuelvo a ver los floreros y las sillas, y me doy cuenta de lo parecido que es a una sala velatoria. Busco el baño con la mirada. Nada.

–Oiga…

Cuando me giro para buscar a la mujer la puerta se cierra. Y las luces se apagan.